Dos de los proyectos que desarrollo, "Sabores del Territorio" y el "Mapa Alimentario", no se limitan a documentar recetas contemporáneas ni a activar encuentros comunitarios. Se inscriben dentro de una investigación más amplia sobre el papel de los alimentos en la historia humana, especialmente en las antiguas civilizaciones y en sus textos fundacionales.
Mis investigaciones sobre alimentación en textos como la Biblia, los textos mesopotámicos, mayas, o las inscripciones del antiguo Egipto o Uruk revelan que los alimentos no eran meros recursos materiales: eran símbolos de identidad, poder, hospitalidad, alianza y supervivencia. El pan, el vino, el aceite, los cereales o las legumbres aparecen vinculados a estructuras sociales, sistemas agrícolas, jerarquías políticas y cosmovisiones religiosas.
Esa dimensión simbólica y estructural del alimento no desaparece con el tiempo: se transforma, se adapta y se territorializa.
Cuando en un pueblo se elabora un pan tradicional o un guiso vinculado al ciclo agrícola no estamos solo ante una receta doméstica, estamos ante una expresión actual de una acción con genealogía milenaria.
El taller en un pequeño municipio se convierte así en un punto de una red histórica que conecta con Sumeria, Egipto, el Mediterráneo clásico o las culturas precolombinas. La cocina local se revela como archivo vivo de la humanidad.
La lucha contra la soledad no deseada adquiere una nueva dimensión cuando entendemos que compartir alimento es uno de los mecanismos sociales más antiguos de cohesión humana.
En las tablillas mesopotámicas, los evangelios, los textos hindúes, el Popol Vuh Maya... el comer juntos significaba pertenecer. La mesa era, es, un espacio de reconocimiento mutuo.
Los talleres no solo recuperan recetas, reactivan uno de los dispositivos civilizatorios más antiguos contra la exclusión: la comensalidad. Son una infraestructura moderna al servicio de una lógica ancestral: conectar comunidades a través del alimento.
No se trata solo de cocinar ni solo de investigar textos antiguos.
Se trata de demostrar que la alimentación es uno de los hilos más sólidos que conectan pasado, presente y futuro.


